ESPAÑA. ESA PALABRA MALDITA Y ESE CONCEPTO DETERMINANTE

 

El nacionalismo español se ha quitado la máscara una vez más. Como anteriormente con el caballo de Pavía o el sable del “Generalísimo”, hoy, esgrimiendo una legislación represiva y mediante el instrumento de una “Justicia” utilizada a modo de remedo de nuevos “tribunales de orden público”, está desarrollando una campaña de restricción de derechos y persecución contra cientos de miles de ciudadanos vascos. Con el pretexto de “combatir la violencia”, se está castigando la resistencia de un pueblo. Y si “para muestra basta un botón”, ahí está la prohibición a la consulta al Pueblo Vasco. Si lo único perseguido y perseguible es la violencia, ¿por qué no se permite a Esuskadi decidir, pacífica y democráticamente, su propio futuro?. La “lucha antiterrorista” es solo un pretexto. Si desapareciese se utilizaría otro. Cualquier cosa antes que permitir que tan siquiera se ponga en riesgo “la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible…” (1). Y si todo fallara, les quedarían esas Fuerzas Armadas que “… tienen como misión garantizar… su unidad territorial…” (2).

  

Cada vez que la élite dominante ha visto peligrar los dos basamentos constitutivos y justificativos de la existencia de España, la “unidad” y el “libre mercado”, o sea, cada vez que creía que corría peligro su monopolio sobre la rapiña o sobre el territorio donde la realizaba, ha respondido con el aumento de la represión. Siempre ha sido igual. España lleva más de quinientos años “prosperando” e imponiéndose mediante la “razón de la fuerza”. La “fuerza de la razón”, pertenece a los distintos pueblos conquistados, robados y sojuzgados, no solo en la Península e islas que aún controla sino, anteriormente, en el Mundo; desde África a Asia, pasando por América. No es casual que el “Día de la Hispanidad”, sea llamado y considerado por los distintos movimientos indigenistas americanos como el Día de la Resistencia. Ellos no se “enorgullecen” de haber formado parte de España. Para ellos, el 12 de Octubre es la fecha en que rememoran el holocausto de sus antepasados, la lucha de éstos contra el invasor español.

  

 Para los andaluces, España representa a aquellos que entraron hace más de setecientos años en el valle del Guadalquivir, apoderándose de nuestras riquezas y nuestras vidas. Aquellos que nos arrebataron nuestras tierras y aún hoy las poseen. Aquellos que, de señores, de dueños de nosotros y lo nuestro, nos redujeron a jornaleros, trabajadores a su servicio y de nuestras propias tierras. A quienes nos obligaron a dejar de ser andaluces, so pena de muerte o destierro. A quienes, desde entonces, nos mantienen engañados y expoliados. España es, para un andaluz, el nombre de todos los crímenes que se han cometido contra nuestro Pueblo en los últimos quinientos años, desde las campañas de exterminio de las Alpujarras a Casas Viejas. Es el nombre de los fusiladores de Blas Infante. España, para un andaluz, debe ser esa palabra maldita, sinónimo de barbarie, sangre, terror destrucción y latrocinio. El nombre, en definitiva, de nuestro mal.

  

El asesinato de Blas Infante, supuso la interrupción de un proyecto, apenas aún esbozado, de liberación política y social para nuestro Pueblo. Nadie retomó la bandera en el transcurso de los siguientes años. Esa falta de continuidad y desarrollo del mismo, ha conllevado el que, en los últimos treinta años, con la excepción de honrosas pero muy minoritarias voces y organizaciones que aún hoy “claman en el desierto”, el andalucismo haya sido secuestrado por el regionalismo. El regionalismo no es de “izquierdas” o de derechas. Es simplemente españolismo envuelto en la arboraida. Pero, ¿Qué es un regionalista?. Todo aquel que, mediante sus acciones u omisiones, consciente o inconscientemente, ayuda a perpetuar la existencia de España y su control de Andalucía. Los hay de variadas tipologías justificativas, pero todos coadyuvan a que nuestro País permanezca bajo el yugo español. Un regionalista no es un nacionalista andaluz “moderado”, “realista” o “positivista”; es solo un españolista, un colaboracionista. Un “nativo” condicionado por la mentalidad alienada del colonizado y, como consecuencia, al servicio del ocupante. Por elección o desconocimiento.

  

Voy a poneros un ejemplo muy querido para tanto “progre” capaz de  defender la libertad de cualquier pueblo menos del suyo. Los “intransigentes” saharauis llevan más de treinta años oponiéndose al ocupante marroquí. Se les ha ofrecido amplia “autonomía” y múltiples ventajas económicas, con la condición de aceptar la “marroquineidad” del Sahara. Pues, en su “fundamentalismo”,  en su “sectarismo”, han preferido la “radicalidad” de permanecer en sus tiendas de Tinduf antes que claudicar. ¿Sabéis como llaman a los compatriotas que participan en la administración marroquí, incluso con el “loable” propósito de mejorar las condiciones de su pueblo?, traidores.  ¿Y cómo llamarían a quienes sostuvieran centrarse en “lo social”, excluyendo tanta utopía “patriotera”?, traidores. ¿Y a quienes, en lugar de luchar por una República Saharaui y contra cualquier Estado Marroquí, propusieran hacerlo por una República Marroquí y un Sahara federado dentro de esa República?, traidores. ¿Y de quienes sostuvieran la prioridad de unirse o mantener la unidad con organizaciones marroquíes o pro-marroquíes?, traidores. Pues, donde dice Sahara poned Andalucía y donde Marruecos España y tendréis  respuestas igualmente indiscutibles.

 

   Un nacionalista andaluz no defiende la compatibilidad entre ser andaluz y “sentirse español”, sino que afirma su sentimiento andaluz negando el ser español. Tampoco tiene como objetivo gobernar la Andalucía ocupada, sino liberarla. Y menos aún se plantea un futuro con o dentro de España, sea cual sea su “forma de estado”, sino sin España. Vemos que la línea divisoria, la prueba que valida o refuta el andalucismo de algo o alguien, es su relación y actitud con respecto a España y lo español. Y es mediante ese determinante hecho, como podremos y deberemos juzgar. Mostradme a un nacionalista o colectivo de ellos afirmando, sin ambages, públicamente, que no es español y que Andalucía no solo no es española, sino que sus distintas problemáticas son irresolubles dentro de España, porque ella es la causa, y os diré: Eh ahí unos andalucistas. Indicadme aquellos que se oponen a todo Estado Español y que abogan por la independencia y os diré: Eh ahí unos andalucistas. Señaladme aquellos que se mantienen al margen de las “instituciones” del opresor o que se introducen en las mismas con exclusivas intencionalidades desestabilizadoras y os diré: Eh ahí unos andalucistas. Podremos diferenciarnos, los unos de los otros, con respecto a  la venidera Andalucía a construir o con respecto a tácticas o estrategias para lograrlo, pero no sobre qué es y representa España en su pasado, presente y futuro.

  

Ser nacionalista andaluz es ser, ante todo y sobre todo, antiespañol. Y eso no son actitudes o posiciones maximalistas, sino mínimas bases ideológicas de sustentación de un andalucismo coherente. Lo contrario es engañarse o engañar. Ser ignorante o pretender confundir para imposibilitar la consolidación de un movimiento de liberación en nuestra tierra. Cualquier otra distinción primigenia es distracción, un desperdicio de tiempo y energías. Y lo que es peor, supone despeñarnos por el precipicio del españolismo regionalista,  con la consiguiente perpetuación de la opresión. El andalucismo, o supone liberación nacional y social para nuestro Pueblo, o no pasará nunca de ser folclorismo residual. Y lo que nos  esclaviza,  aquello que nos impide ser libres como Nación y como Pueblo, se llama España.

 

                                                              

          NOTAS

(1) Artículo 2 de la Constitución española.
(2) Artículo 7 de la misma.

  Francisco Campos López