Bases para un proyecto de liberación andaluz

 


Conocemos el significado de la expresión “chivo expiatorio”, pero quizás no su origen. El pueblo Judío, durante la festividad de la expiación, ofrecía al Gran Sacerdote dos chivos, echando este a sueltes cuál de ellos sería el sacrificado a Yaveh. Simbolizaría la fe de la colectividad, su entrega, pureza de intenciones, etc. El otro sería entregado al demonio y cargaría con las culpas colectivas, con todas las faltas y errores cometidos, quedando así ellos “libres de todo mal”. El mismo pueblo que le hacía depositario de sus responsabilidades, le perseguía, insultándole y apedreándole por su “maldad”. Este era el “chivo expiatorio”. Pues bien, a semejanza del “pueblo elegido”, el nacionalismo andaluz lleva treinta años descargando igualmente sus culpas en las espaldas de terceros. Todo lo que nos sucede y todo lo que le acontece a nuestro Pueblo es responsabilidad de otros; ya sea el “centralismo madrileño”, los “nacionalismos insolidarios” o el “régimen” de Chaves. A cada fracaso, a cada derrota, las distintas tribus andalucistas escogen de entre lo ajeno a ellas al “chivo expiatorio” de turno; aquello a lo que señalar como origen y desencadenante del “mal”. El es el culpable.

El grito de todo andalucista es: ¡Viva Andalucía libre!... ¿Y por qué?... Un españolista se limita a decir: ¡Viva España!. Como mucho: ¡Arriba España!... Se aspira, se reivindica, aquello de lo que se carece. Se grita ¡viva Andalucía libre!, porque se considera que no lo es y se pretende lograrlo. Un españolista no lo necesita. Sería absurdo luchar por lo que ya se tiene. ¿Y cuando un pueblo, una nación, puede considerarse libre?. Un hombre es libre cuando es “soberano”, o sea cuando es el único dueño de sí mismo, de su vida y su destino. Según el diccionario de la Real Academia (R.A.E.), el soberano es aquel que “ejerce o posee la autoridad suprema e independiente”, en este caso sobre sí. Y define autoridad como “poder que gobierna o ejerce el mando”. Incluso cuando cede parte de su libertad lo hace desde su soberanía, desde el poder de su autoridad. Y por eso, los pueblos, que no son más que colectividades de hombres libres, conjuntos de “soberanos”, son igualmente soberanos. Es la denominada soberanía nacional. Por tanto, un pueblo será y podrá ser considerado libre cuando, así mismo, “ejerce o posee la autoridad suprema e independiente”. Cuando posee y ejerce su soberanía nacional.

Pero un andalucista no grita: ¡Viva el Pueblo Andaluz libre!, sino: ¡Viva Andalucía libre!... ¿Por qué?... Se reivindica la libertad de un lugar, de una geografía concreta: Andalucía. Pero las tierras no son libres o esclavas, lo son los seres, las personas, ya sean consideradas individual o colectivamente. Si se reivindica la libertad de una tierra será en relación a las personas que la habitan, al pueblo que vive y se desarrolla en ella. Es lo que se denomina Nación. La Nación es el propio pueblo más el territorio que le es propio y sus circunstancias. Un pueblo, como cualquier conjunto de seres, “es como es”, vive como vive y hasta siente como siente, como consecuencia del lugar sobre el que se asienta y sus características; de su hábitat y su ecosistema. Andalucía forma parte de los andaluces y los andaluces de Andalucía en un todo intrínseco, simbiótico. Defender una Andalucía libre será luchar por la soberanía del Pueblo Andaluz sobre sí mismo y sobre lo que hace posible que lo sea y que sea: Andalucía. Y la resultante de la suma de andaluces y Andalucía constituye la Nación Andaluza. De ahí que el andalucismo solo pueda ser un movimiento nacionalista y que, a su vez, el nacionalismo andaluz solo sea concebible como movimiento de liberación. Por eso, Blas Infante llamó a su primigenia organización socio-política: Junta (Unión) Liberalista (liberadora) de Andalucía.

No puede ser otra cosa que un movimiento de liberación. Su única razón de ser es liberar al Pueblo Andaluz, arrancarle sus cadenas. Las ataduras que le impiden el ejercicio de su libertad colectiva, de su soberanía, de su plena e independiente capacidad de acción y elección sobre sí, su territorio y lo que este contiene: su Nación. ¿Y cómo se ejercita la soberanía nacional?. Los pueblos se auto-organizan en estructuras que hagan posible la interrelación y la actuación colectivas. A este tipo de estructuras se las denomina contemporáneamente estados. Estado procede del latín status: posición o situación. Según la R.A.E., políticamente, es el “conjunto de los órganos de gobierno de un país soberano”. Desde un reduccionismo “académico”, es una estructura muy determinada; la derivada de la aplicación de las teorías de la revolución francesa. De ahí la equiparación de Estado con Estado burgués. Desde una visión menos convencional, cualquier tipo de auto-organización político-administrativa, cualquier “conjunto de órganos de gobierno” que encauce la práctica de la soberanía, es considerable y definible como Estado. Y Si la práctica de su libertad, de su soberanía, por un pueblo se concretiza en la constitución de estados, un andalucista luchara contra todo lo que niegue, obstaculice o limite la práctica de su soberanía por el Pueblo Andaluz constituyendo su propio Estado Nacional.

¿Y que imposibilita la autodeterminación del Pueblo Andaluz sobre sí y su tierra?... ¿Cuáles son las cadenas que le impiden ejercer su soberanía, constituir su Estado?: España. En su Constitución, España se autocalifica, ya en su preámbulo, como nación: “la Nación Española”. En el primer apartado del art. 1, proclama que “se constituye en un Estado” y, en el segundo, que “la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”. En el art. 2, subraya que la Constitución “se fundamente en la indisoluble unidad de la Nación Española, patria común e indivisible de todos los españoles”. Aquí nos encontramos con una contradicción irresoluble. No existen pueblos constituidos por distintos pueblos ni naciones conformadas por naciones. Sería como afirmar la posibilidad de existencia de varios individuos compartiendo un mismo cuerpo. Un hombre con varias “personalidades” solo es un esquizofrénico. Y las “dobles nacionalidades” solo son realidades jurídico-administrativas. O somos pueblo andaluz o pueblo español. Y si nuestra tierra constituye una Nación, Andalucía, no puede a su vez formar parte de otra, España. Para un andalucista, su defensa de su Pueblo y su Nación, supone la negación de España y la lucha contra todo lo español. Contra toda forma de Estado español. Del Estado cuya existencia le impide ser. Que se arroga su soberanía.

¿Y si España no es una nación, que es?. Un Estado. Pero un falso Estado. No un “conjunto de órganos de gobierno de un país soberano”, puesto que no existe un país llamado España, sino otro usurpador y secuestrador de soberanías. Una superestructura impuesta a los pueblos bajo su dominio. Y dado que no representa el ejercicio de su soberanía nacional por parte de ningún pueblo, carece de legitimidad. No ejerce soberanía popular, la suplanta. Podría argüirse que si existen estructuras estatales supranacionales. Hay pueblos que constituyen federaciones o confederaciones de naciones. Así es, pero subrayemos el condicionante previo: Lo deciden ellos. Y lo deciden desde su libertad, desde el ejercicio de su soberanía. Una federación o confederación de estados es el resultado de la libre asociación de naciones pre-existentes como estados independientes. ¿Cómo van a conjuntar algo de lo que carecen?. Y lo hacen en aspectos concretos. Su soberanía permanece. Siguen siendo estados, de ahí que puedan volver a separarse. Una federación de estados es una unión libre de pueblos libres y soberanos que permanecen libres y soberanos. Interdependencia, no perdida de independencia. Unidad Solidaria y de apoyo mutuo, no supeditación o anulación de pueblos.

No hay relación alguna entre una federación de estados y el actual “estado de las autonomías” o un alternativo “estado federal español”, republicano por supuesto. Ambos conllevan una mera descentralización de las estructuras administrativas por parte de un único Estado existente y reconocido, el español. La “autonomía”, el “autogobierno”, son decisiones graciables, una concesión desde el poder, desde el único poder, el español. Los pueblos bajo el dominio español carecen del menor grado de libertad. Se les otorga la mera posibilidad de auto-administrarse dentro de la supervisión y límites marcados por España. En cuanto a la “alternativa republicana”, se nos ofrece más de lo mismo. Como afirma el personaje de “El Gatopardo”, es un: “Si queremos que todo quede como está, es preciso que todo cambie”. En un reciente manifiesto, andaluces partidarios de un “proceso constituyente por la III República”, española claro, propugnaban que en el futuro Estado: “El desarrollo legislativo corresponderá a las Cortes Generales de la República y el desarrollo ejecutivo al Gobierno Federal. El Estado tendrá tres administraciones: la General, la de cada federación y la municipal”. España legisla, España ejecuta, no hay más soberanía que la española. Cada “Federación” solo será una de las tres administraciones del Estado, del único Estado: España.

Veamos el Estatuto. En su art. 1 afirma que Andalucía “se constituye en Comunidad Autónoma en el marco de la unidad de la Nación Española y conforme al artículo 2 de la Constitución”. ¿Y qué dice dicho artículo constitucional?; que “la soberanía nacional reside en el pueblo español”. Andalucía no “se constituye”, careciendo de soberanía esta imposibilitada de tomar decisión alguna y menos hacerla efectiva. A Andalucía la constituyen. Por eso lo hace “conforme al artículo 2 de la Constitución”. No hay más soberanía que la española, solo España decide. En el art. 3, afirma que “los poderes de la Comunidad Autónoma Andaluza emanan de la Constitución y del pueblo andaluz”. De la Constitución claro, pero ¿Cómo van a emanar de un pueblo sin soberanía?. La Constitución no reconoce más soberanía que la española. El Estatuto solo fue de aplicación cuando se ratificó por el Parlamento Español. Si no lo hubiese aprobado, aún votado por el pueblo andaluz, no hubiese entrado en vigor. Los “poderes” del pueblo andaluz no existen. Sin soberanía no hay “poder andaluz”. Los “poderes” del Estatuto, su legalidad, solo emanan de España. No hay ni puede haber “autogobierno” o “autonomía”. No hay ni puede haber Gobierno ni Parlamento Andaluz. Lo que hay es mera descentralización administrativa del Estado español. Las estructuras del Virreinato colonial Español en Andalucía.

Andalucía perdió su último retal de soberanía con la caída de Granada. Un largo proceso iniciado con la derrota de las Navas de Tolosa. Los conquistadores solo anhelaban las riquezas del fértil valle del Guadalquivir. La Prueba fue la prolongada perduración de la Taifa Nazarí. Los reinos peninsulares del norte germánico-europeo más poderosos, el aragonés y el castellano, se repartieron el Sur y el Sureste en una primera etapa de desarrollo imperialista. Lo necesitaban para su posterior expansión. Lo que comenzó siendo explotación, se transformó en genocidio. Arrastramos las consecuencias del mayor genocidio que ha padecido cualquier pueblo existente. Otros han sufrido persecución, explotación o proceso exterminador, pero siguen manteniendo consciencia de sí, de su singularidad. En nuestro caso, a la eliminación física sistemática se unió la cultural y psicológica, mediante una utilización del terrorismo de Estado, de tal envergadura y por un periodo tan prolongado, que logro el olvido de nosotros mismos y nuestra identificación con el ocupante. No solo somos un Pueblo esclavizado sino adormecido. Por eso nuestro himno exclama: “¡Andaluces levantaos!”. “Levantarse” no hace referencia solo a combatividad, sino a “ehpabilá”, levantarse tras el sueño. Tomar conciencia.
Con la llegada del siglo XIX, el Imperio Español estaba agotado y en descomposición. El restablecimiento del pacto entre la gran burguesía y el sector de la aristocracia castellana isabelina, que dio lugar a la llamada “restauración borbónica”, se produjo en un contexto de pérdida de la casi totalidad de las colonias ultramarinas y ello, unido al predominio ideológico y económico burgués, conllevo la transformación formal de los restos del naufragio Imperial en un artificioso “Estado-Nación”. La clase social dominante imponía sus estructuras. Esto no supuso cambio sustancial para el pueblo andaluz. Al periodo de ocupación y colonización, iniciado tras la invasión, siguió otro de neocolonialismo. Pasamos de ser una colonia exterior imperial, propia del antiguo régimen, a convertirnos en neo-colonia interior propia de un Estado artificioso burgués. Nuestro papel continuó siendo el mismo. Proporcionador de materias primas y mano de obra barata a la clase dominante foránea. La obtención de réditos económicos mediante la explotación intensiva y sin escrúpulos de nuestra tierra y sus gentes.


Tras el “reeducativo”, condicionador, periodo franquista, se nos cargó con otra “restauración borbónica”, la “transición democrática”. Repetición del esquema: monarquía constitucional, alternancia bipartidista liberal-conservadora y corrupción clientelar. Se añadían los partidos representantes de las grandes burguesías vasco-catalanas que, a cambio del control sobre sus territorios, aceptaron formar, junto a UCD-PP, PSOE y PCE-IU, el nuevo “bloque de partidos dinásticos”, como se les denominaba en el periodo Alfonsino. Los conformadores del “orden establecido”. El pacto fue el “estado autonómico”. Enmascaramiento como descentralización generaliza, de lo que solo era devolución parcial de auto-administración a las élites vasco-catalanas. De ahí que el marco de reconocimiento como “comunidad histórica” fuese la II República. Era el pretexto para justificar el privilegio. Galicia entro “de rebote”, dado que su Estatuto se plebiscitó días antes del 36. Andalucía estaba destinada a seguir representando el mismo papel. De subordinación y supeditación a intereses ajenos. Permanecer en el “furgón de cola” estructuralmente. Debido al rol impuesto y con independencia de leyes y gobiernos.


Recapitulemos. Pertenecemos a una Nación invadida hace más de quinientos años para apoderarse de sus tierras, arrebatarle sus riquezas y utilizar a sus habitantes como “casta inferior” obligada a trabajar al servicio de los conquistadores. Esa situación colonial, dependiente y opresiva, ha permanecido inalterada, en sus rasgos esenciales hasta hoy. Nuestro Pueblo padece un estado de aletargamiento y alienación colectivas, consecuencia de siglos de represión. Y ante una situación tan extrema y dantesca, ¿nuestras actuaciones son plenamente coherentes con respecto a ella, a sus implicaciones y consecuencias?. La andadura del andalucismo actual, excluyendo algunas honrosas y minoritarias excepciones, solo adquiere sentido partiendo de la hipótesis de la ignorancia o negación de lo aquí expuesto.


Muerto el Dictador, se extendió un masivo y espontaneo despertar de la autoconciencia que desembocó en el 4-D. El Sistema se propuso contrarrestarlo, orquestando una mediática pantomima de buenos y malos, con la pretensión de hacernos creer que nuestra libertad era alcanzable a través de una “autonomía de primera”. ¿Y que hizo el andalucismo?. En lugar de desenmascararla, manteniendo y encabezando la lucha por el autogobierno, se prestó al embaucador 28-F. y al desmovilizador “pacto de Antequera”. Más aún, durante los siguientes veinticinco años se dedicó a disputarle el poder administrativo al españolismo. Su interés político se limitó a intentar gobernar la Andalucía colonial. Prueba de ello es la carencia de conciencia nacional allí donde lo han logrado. Y desperdiciada la oportunidad del 4-D, aún tuvieron otra: El 18-F. Pero también la han desaprovechado. En vez de mantenerse firmes y coherentes en el “no”, construyendo un “frente del rechazo”, basamento futuro reivindicativo y diferenciador, se aprestan a convertirse en defensores del “cumplimiento” y “desarrollo” del Estatuto de la Traición. Una vez más, se disponen a ser “realistas”. A correr hacia atrás.


Blas Infante no dio su vida por crear una exitosa maquinaria electoral, sino por un triunfante movimiento libertador. Nunca pretendió gobernar al Pueblo Andaluz, sino levantarlo. Su meta no era ganar elecciones, sino alcanzar la libertad. Era la lógica de un andaluz consciente. Pero el comportamiento mayoritario de los que se autocalifican como “nacionalistas” no es consecuente ni con la creencia en la pertenencia a una patria ocupada y sojuzgada y, menos aún, con respecto al Estado que la mantiene oprimida. Basta observar a nuestro alrededor para deducir que toda ideología de liberación nacional-popular se asienta en tres basamentos, tres principios sustentadores y guías: La completa recuperación de la soberanía como meta. La implicación popular en la lucha. La intransigencia con respecto a las estructuras político-administrativas coloniales. Podrán diferenciarse en tácticas o modos, pero todo movimiento libertador real siempre se constituirá y avanzará a partir de los tres principios-base reseñados.


La soberanía es argamasa y elemento catalizador de la lucha libertadora. Su recuperación constituye la meta de todo movimiento nacionalista de un país colonizado. No es una elección sino una necesidad. Toda su estrategia estará supeditada a ese combate primordial. Cualquier otro objetivo se subordinará a él. Si para un preso su primer deber es escapar, para un pueblo sojuzgado lo es liberarse. ¿Qué opinar de un preso dedicado a lograr ser carcelero?. Rayaría el absurdo si considerase que ejercer de carcelero es el mejor método de transformar la cárcel. La única forma de cambiar una cárcel no es dirigirla sino destruirla. ¿Y si se dedicase a obtener “mejoras” para los presos en lugar de a organizar la fuga?. La única mejora real para un preso es salir. La causa de sus males es la propia cárcel. Un pueblo sin soberanía, sin independencia, es un pueblo prisionero. Derruir su “cárcel”, romper sus cadenas, no es la opción “radical” sino la racional. Lo que no es independiente, autónomo, es dependiente. Carente de Libertad.


La lucha soberanista es acción de masas. La implicación popular es imprescindible. El pueblo es destinatario y sujeto de la misma. Todo proceso de liberación nace del pueblo, se apoya en el pueblo y es protagonizado por el pueblo. Cualquier estrategia nacionalista de carácter elitista, sin base popular, está condenada al fracaso. Al pueblo no se le libera, el propio pueblo se libera. Mientras la población, o al menos un porcentaje apreciable de ella, no asuma e interiorice la necesidad de emprender la lucha, esta no será factible. Por el contrario, mientras permanezca este sentir colectivo, podrá resultar más o menos dificultosa, jalonada de más o menos altibajos, más o menos prolongada, pero acabará victoriosa. Dadas estas premisas, se evidencia la importancia de una intensa labor pedagógica. Donde hay pueblo consciente consistirá en mantener viva la llama. Donde esté alienado en encenderla. Lo pedagógico es incluso más trascendente que lo político, en un principio, allí donde falte conciencia nacional.


¿Y cuál es el método pedagógico?. Por un lado hacer renacer, mantener y acentuar los rasgos singularizadores socio-culturales. Por otro, hacer ver que el origen de toda su problemática es la ausencia de soberanía, el estado de dependencia y sojuzgamiento. Consecuentemente, que la única solución es recuperarla. Las acciones de un movimiento libertador estarán dirigidas y justificadas por este objetivo. No se trata de hacer por el pueblo, sino de que el pueblo haga por sí y para sí. “Andaluces levantaos, pedid tierra y libertad”. Luchad por vuestra tierra y por vuestra libertad. ¿Y cómo lograrlo?, mediante una actitud de confrontación con respecto a las instituciones impuestas del Estado opresor. Las estructuras administrativas son deslegitimadas y combatidas. Un movimiento nacionalista, ante la ocupación, actúa como un movimiento de resistencia. Incluso cuando se opta por una táctica “entrista”, participando electoralmente y hasta ocupando los consiguientes puestos y cargos, se hace con intencionalidad rupturista y desestabilizadora. Solo como un medio más de lucha contra la propia administración colonial.


La aplicación de estos principios a la realidad andaluza, una actuación política desde una perspectiva nacionalista, conllevaría, por un lado, construir un nuevo movimiento andalucista de carácter nítidamente rupturista con el “orden establecido” impuesto, que proclame sin ambages su intencionalidad libertadora y su reivindicación soberanista. Por otro, dada la extrema alienación popular, volcado en trasladar a la población el conocimiento de lo que son , mediante una intensa y prolongada campaña educativa y cultural, partiendo de presupuestos patrióticos y anti-españolistas. Tan trascendente como la recuperación de la conciencia nacional es desembarazarlo de la programación españolista: “desespañolizar” Andalucía. Y por último, iniciar una nueva etapa activista diametralmente opuesta a la mantenida hasta ahora. En lugar de electoralista, anti-electoralista. En lugar de pro-autonomista, anti-autonomista. En lugar de pro-española, anti-española. ¿Tiene esto alguna relación con la praxis andalucista “mayoritaria?. Excepciones aparte, no. Ni actúan, ni actuaran nunca como nacionalistas, sino como lo que son, regionalistas. En su seno hay auténticos patriotas, pero son una minoría confundida y amordazada. Juzguemos pues, según sus mayorías regionalistas determinantes.


Al igual que los analfabetos, los regionalistas pueden ser totales o funcionales. Unos son españolistas conscientes, otros inconscientes. Engañando o engañándose, mantienen dormido al pueblo. Y esa es la primera tarea: “separar el grano de la paja”. A los nacionalistas de los regionalistas. Treinta años llevamos perdidos. ¿Cuántos más hay que perder en nombre de una mal entendida unidad?. Unidad pero de auténticos nacionalistas dispuestos a levantar al Pueblo, a liberar esta tierra. Se afirmará que es “cerrarnos puertas”, “radicalismo sectario” o “auto-marginación”. No es cerrar, es abrir. No es radicalismo, es coherencia. ¿Marginarnos?... Ahora es cuando estamos marginados, en el seno del andalucismo y de nuestro pueblo. Clarificarnos es salir de la marginalidad. Este pueblo necesita un movimiento transformador que subvierta el papel de sometimiento preestablecido para él. Dejemos de perseguir chivos expiatorios. Somos los responsables del presente y futuro del País. Los españolistas hacen su trabajo. ¿Pretendéis que hagan el nuestro?. Somos los llamados a reconstruir la Nación. Nadie nos va a regalar la libertad. Nuestra fuerza, nuestro “derecho”, están en nuestro pueblo. De nosotros depende que solo de él dependa. Solo a él nos debemos deber. Por Andalucía libre.

 


Francisco Campos López