20-N. Franco murió y el franquismo sobrevivió

Tres imágenes vienen a la mente cada vez que se recuerda aquella fecha, cada una contiene una frase que resumía y subrayaba el significado y la importancia, tanto del día como de los que vendrían después. La primera es la de Arias Navarro gimoteando en pantalla mientras decía: “Franco ha muerto”. La segunda la de aquellos carteles conteniendo el “Testamento Político del Caudillo”, tan profusamente distribuidos, y en los que éste afirmaba taxativamente: “todo queda atado y bien atado”. La tercera aquella otra en que el heredero de Franco, Juan Carlos, es proclamado Rey de España y la frase su juramento de salvaguardar los principios del “movimiento nacional”. Las tres sintetizan los acontecimientos que se iniciaron a partir de entonces y que desembocaron en la implantación y consolidación del actual Régimen “constitucional”.
En 1975, el Estado fundado en el 36, hacía años que se encontraba, no ya en decadencia sino en descomposición. Construido alrededor de la figura de Franco, como una mezcla sui géneris de dictadura militar bananera sudamericana y Estado pseudo-corporativista fascista, hacía tiempo que había quedado obsoleto y resultaba un “estorbo” para los mismos intereses oligárquicos peninsulares e internacionales que le habían apoyado y protegido hasta entonces. No obstante, lo más trascendente era que su papel histórico, la razón de su existencia y mantenimiento, se había cumplido con creces. El propio éxito del Régimen lo hacia innecesario y contraproducente para el Capital.
Aquella Península, “con sus islas adyacentes”, del Golpe de Estado, era muy diferente a la actual. Era incluso muy diferente a su propio entorno. Sus distintos pueblos, sometidos a un Estado Español impuesto “a sangre y fuego” desde hacía siglos, estaban adquiriendo un grado de conciencia nacional y social incontrolable. Mientras que en el resto del “continente”, a excepción de lugares concretos, el nacionalismo popular estaba adormecido o acallado por el pseudo-nacionalismo estatista burgués, En lugares como Euskadi o Catalunya poseía una arraigada y cada vez más amplia base social. El “nacionalismo español”, versión hispana del nacionalismo estatista burgués autóctono, no lograba triunfar. Igualmente, mientras en el resto de Europa occidental la clase obrera estaba controlada por el reformismo socialdemócrata, aquí poseía una base insurreccional y revolucionaria. El socialismo, conformaba un movimiento minoritario. Era la “izquierda” republicana la que atraía el voto trabajador reformista. En cuanto a la mayoría obrera, su organización de masas y sindical era la CNT. Aunque nominalmente libertaria, su anarquismo no trascendía más allá de parte de sus cuadros. Prueba de ello fue su apoyo primigenio a los bolcheviques, su práctica adhesión temporal a la III Internacional, o el que parte de los dirigentes y bases del primer PCE fuesen cenetistas.
Los dos modelos normalizados de control social practicados en el resto del continente, la monarquía constitucional y la dictadura militarista, habían resultado aquí inútiles. Solo quedaba una posibilidad: la República. Pero mientras la burguesía pretendía una República “homologable”; un mero formalismo que no solo no atentara contra los dos los dos pilares sustentadores del Estado, la “unidad de España” y el “libre mercado”, si no que coadyuvaran a su perpetuación, las masas aspiraban a la transformación. A lo largo del XIX, el republicanismo, heredero del radicalismo liberal, había representado el papel de oposición al régimen borbónico. La izquierda marxista y libertaria no podía desempeñarlo debido a su escasa implantación. El republicanismo había convertido una forma de Estado en un mito de redención social. Su establecimiento conllevaría para el pueblo un cambio sustancial de su situación. De ahí las diferentes expectativas con las que las distintas clases sociales la recibieron. Si para la aristocracia terrateniente era el “mal” por excelencia, para parte de la oligarquía industrial y financiera una posibilidad de “modernización” y, para la pequeña y mediana burguesía, de “regeneración” y “prosperidad”, en cambio para el pueblo era sinónimo de revolución social.
Al contrario de lo que los nuevos mitómanos del republicanismo español nos intentan hacer creer, los comunistas, tanto leninistas como libertarios, no apostaban por la República ni la apoyaban. Ambos colectivos eran contrarios a lo que consideraban un régimen clasista burgués. Tan siquiera la totalidad de los socialistas lo hacían. Fue menospreciada e ignorada por amplios sectores de la clase trabajadora, precisamente los más influenciados por marxistas y anarquistas. Solo el 18 de Julio los unió a todos en torno a ella, no en defensa de la República en sí, si no de la libertad y contra la reacción. Sus banderas seguían siendo las rojas y negras, no “la tricolor”. Tampoco lo era de los grupos nacionalistas. Cada uno enarbolaba la bandera de su tierra. No aspiraban a una Republica Española, cual fuesen sus características, sino catalana, vasca, gallega, etc.
La II República fue la crónica de un fracaso. Por un lado la de aquellos sectores populares que habían creído el mito republicano que, tras intentar hacer realidad sus sueños solo obtuvieron frustración por la imposibilidad de materializarlos. También para el sector de la burguesía que veía en ella una alternativa capaz tanto de contentar al pueblo como de proteger y afianzar sus intereses estatales y económicos. Lo más significativo de aquellos años fue el auge de la conciencia nacional y social. Peor aún para la élite dominante, fue la época del encuentro y la confluencia de ambas. La República no conllevaba el afianzamiento de un nacionalismo español envuelto en “progreso” y “laicidad”, o de un capitalismo embozado de “modernización”, sino que el nuevo marco de “permisividad” suponía un constante estado de desestabilización. En lugar de “paz social” producía agudización de la lucha de clases. En vez de aceptación en un “proyecto común”, una mayor exacerbación de las reivindicaciones nacionales. Se estaba repitiendo lo acontecido durante la “La Gloriosa”. España era un artificio solo mantenible y sostenible mediante la fuerza. Cualquier resquicio de libertad era aprovechado por los “enemigos de la patria”. Pero esta vez, más que un Pavía, era necesario un “tratamiento de choque”. Exterminar una generación “irrecuperable” y amamantar otra más dúctil. Por eso, por activa o por pasiva, todas las “potencias” apoyaron a Franco y, por eso, el Régimen permaneció a pesar de la caída del Eje.
El franquismo, ideológicamente, nunca fue un auténtico régimen fascista, apenas una mala copia formal y parcial en su estructuración social y estatal. Estaba más cercano a la tradición españolista borbónica, absolutista y ultramontana, que al corporativismo mussoliniano o al nacionalismo racial. Políticamente se dividió en dos etapas. Una primera dedicada al terror y el asesinato, así como a la represión y anulación social. A inculcar la obediencia mediante la práctica del miedo y a eliminar a los irreductibles. Tras lograrlo, inició otra de control y “reeducación”. Fue el comienzo de la sustitución de gobiernos tradicionalistas-falangistas por “tecnócratas”, el inicio de los “planes de desarrollo” y de los primeros “acuerdos” con Europa y USA. Esta nueva fase no fue una adaptación a las circunstancias internacionales, como la historiografía oficial vende, sino la consecuencia del cumplimiento de unos planes preconcebidos. Como en el caso de los animales en una granja, para ser “útiles”, los pueblos oprimidos, primero tenían que ser “domesticados” y después adoctrinados. Se trataba de acabar con el pasado, de crear una nueva sociedad que posibilitase la consolidación del proyecto español.
El éxito parecía completo. Tras cuarenta años, aquellos “pueblos levantiscos” y aquella clase trabajadora “ingobernable” del pasado, dieron paso a una sociedad aparentemente uniformada donde, excepciones aparte, la idea de España al fin parecía asentada y el consumismo sustituía a la revolución. En los sesenta, entre la intelectualidad de izquierdas se acuñó un concepto hoy olvidado, el de “franquismo sociológico”. Con el se designaba y se enmarcaba al conjunto de hábitos y mentalidades inculcadas a la población. De una forma u otra, inconscientemente todos habían sido convertidos, psicológica y culturalmente, en “franquistas”. La práctica totalidad de la población estaba condicionada en usos y maneras. El Régimen, para sus promotores, había cumplido sobradamente con las expectativas. Pero, precisamente por ello, era necesaria su “actualización”. La muerte del “Caudillo” conllevo solo el final del formalismo franquista. Travestido de “monarquía constitucional” se perpetuaría. La “Transición” no fue el paso de una dictadura a una democracia, sino la “renovación de vestuario” y la ampliación de su base dirigente. Cambiaban actores, escenografia y diálogos, no la obra.
En los setenta, la oposición al Régimen era prácticamente testimonial. Excepto en zonas y circunstancias muy concretas, carecía de base social. La inmensa mayoría poblacional o estaba con el Régimen por convicción o se mantenía al margen por temor. A su vez, la comunicación entre los refugiados y los que permanecían era muy difícil y, por tanto, escasa, produciéndose una duplicidad. Había, de facto, dos oposiciones: “la del interior” y “la del exilio”. Además, a partir de los sesenta, en la del “interior” la influencia, tanto cualitativa como cuantitativa, de los nacidos o “educados” en el franquismo era determinante. Como consecuencia, excepciones a parte, la oposición se caracterizaba por su escased numérica, aislamiento social, “timidez activista”, superficialidad ideológica y, sobre todo, por formar parte de las nuevas generaciones condicionadas. Todo ello conllevo un convencimiento en la indestructividad franquista. La imposibilidad de acabar con él. Las acciones iban dirigidas solo a “minarlo” para acelerar su desgaste y obligarlo a “negociar”. En realidad, se esperaba la muerte del Dictador para “obligar” al pacto a sus partidarios y herederos más “aperturistas”.
Este era el panorama aquel 20-N. Una élite gobernante necesitada de un “lavado de cara” y una “oposición” ansiosa de tener “un lugar bajo el Sol”, que en la sombra hace mucho frío. Haciendo “de la necesidad virtud” y, envolviéndolo en frases tan altisonantes como “reconciliación nacional” o “transición democrática”, ambas partes se aprestaron al acuerdo. Y las condiciones del mismo supusieron una victoria “por goleada” de los franquistas. A cambio de formar parte del Poder, la oposición aceptaba todas las condiciones impuestas: la restauración borbónica, el mantenimiento de las estructuras administrativas, militares, económicas y sociales, la “indisolubilidad de la Patria”, la “amnistía” para los facciosos, la política de “olvido”, etc. España y “el libre mercado” estaban garantizados. Eso es lo que se nos ha vendido como “libertad sin ira”, un continuismo neofranquista edulcorado de formalismo democrático.
Se nos ha afirmado que vivimos en un “régimen de libertades” incomparable con la etapa dictatorial. No obstante, atrevámonos a hacerlo. Se nos dice que esto es democracia porque hay “libertades individuales”, porque hay partidos políticos y elegimos a “nuestros representantes”. No obstante, durante el franquismo también las había, restringida, claro, a los partidarios. Solo se impedían y perseguía las muestras de disidencia. Se podía expresar los pareceres, siempre que fueran favorables o justificativos. Podía uno manifestarse o realizar actos multitudinarios públicos, mientras fuesen previamente autorizados y tuviesen carácter laudatorio o de apoyo. Existían unos tribunales de excepción especializados en la represión de este tipo de “delitos”, los “tribunales de orden público”. Había asociaciones políticas, solo eran ilegales las opositoras. Y se votaba, eso sí, solo a aquellos que autorizaba el Régimen. Además, cuando eran elegidos, en prueba de sus buenas intenciones, tenían los “electos” que jurar “los principios fundamentales del Reino”, la constitución de la época. En principio y en teoría, se vivía según “el imperio de la Ley”. Todos eran juzgables y condenables. Se exceptuaba al “Jefe del Estado” y sus familiares , que eran “inimputables”.
Hoy, en cambio, disfrutamos de libertad. Cualquier ciudadano puede expresar su opinión, nada o nadie se lo obstaculizará o se lo impedirá, siempre y cuando este dentro de los márgenes establecidos. En cambio, si emite ciertos pareceres indebidos, puede ser detenido y juzgado en unos tribunales especializados, la “Audiencia Nacional”. También podemos formar partidos, siempre que aceptemos y acatemos el “orden constitucional”. Podemos manifestarnos, reunirnos, etc. , con total libertad, mientras lo solicitemos previamente y seamos autorizados. Votamos a quien queramos, si su candidatura ha sido permitida, y el elegido podrá ejercer su cargo, previo juramento de la Constitución, mientras sus actos y palabras no contradigan su obligado acatamiento de “la legalidad”, en caso contrario podrá ser “prohibido” y condenado. Y todos somos iguales ante Ley, solo se exceptúa al “inimputable” Rey y a su familia.
Estamos donde estábamos. Seguimos en el 20-N. Franco ha muerto y el franquismo sobrevive. Pero el momento actual, aún tiene más concomitancias con otro periodo histórico anterior. El de 1930. Aquel en que, fracasada la restauración borbónica y el intento de “enderezamiento” de la dictadura de Primo de Rivera, el Sistema se aprestó a utilizar el “bote salvavidas” para casos de emergencias: la República. Es evidente el desgaste y desprestigio de la “monarquía constitucional”. Ésta segunda restauración está resultando tan fallida como la primera. El desgaste es evidente y, por si acaso, no está de más ir desempolvando un posible recambio. El “republicanismo” español, marginal hasta hace unos pocos años, está siendo impulsado y, casualmente, por aquellos mismos que ya ayudaron al anterior cambio, el PCE y allegados. Y, nuevamente, se trata de un “republicanismo” que no solo no atenta si no que salvaguarda los dos pilares intocables: España y “el libre mercado”. Ya están los nuevos profetas del paraíso republicano estatal, al igual que en el XIX, intentando embaucar al Pueblo. El mal es la Monarquía y toda solución pasa por una III República, española por supuesto.
Siempre será 20-N. y lo seguirá siendo mientras haya España. Nuestro problema no es su “forma de Estado” es la propia existencia de un Estado Español. Nuestro problema no es la tipología de España, es la misma pervivencia de España. Nuestro problema no es de leyes, inversiones, gestión o empleos, sino de carencia de libertad. Hoy, como ayer y como mañana, el combate prioritario es la lucha antifascista por la recuperación de la libertad colectiva, nacional y social, de los pueblos sojuzgados por el españolismo. España es el régimen dictatorial a derrocar. España es el régimen capitalista a vencer. Liberal o absolutista, “constitucionalista” o “fuerista”, centralista o federal, monárquico o republicano, el españolismo es fascismo. Ese es su origen y esa su esencia.
Francisco Campos López