La psicología burguesa en la izquierda andalucista

 

 

El capitalismo no supone una superación del esclavismo, sino su cambio cualitativo, una etapa más “perfeccionada” de la sociedad esclavista. El esclavismo solo será abolido con la absoluta erradicación de toda forma de explotación social. De la apropiación por unos pocos, de las riquezas comunes, los medios para obtenerlas y la fuerza de trabajo colectiva capaz de extraerlas. El capitalismo, el “esclavismo asalariado” como lo denominaba Lenin, solo se diferencia de otras tipologías anteriores en el grado de sofisticación de las técnicas de sometimiento y expolio. ¿Cómo tan pocos pueden hacerse con el control de tantos?. La primera respuesta es obvia: mediante el uso de la coerción y la violencia. El miedo provocado, el ejercicio consciente y premeditado del “terrorismo de Estado”, es la forma más primaria y usual de control social practicada, a lo largo de la historia, por las distintas élites dominantes. Ese es propósito real del Estado clasista, de sus distintas estructuras administrativas, legislativas, judiciales, armadas, etc. Esa es la razón última de su monopolio sobre la fuerza y el castigo. La dosificación del terror.

Pero reducir a esto la explicación sería simplista. Los sistemas de dominio basamentados exclusivamente en la amenaza y la imposición, son costosos e inseguros. Obligan a un constante estado de alerta. Además, antes o después, producen levantamientos y no todos son sofocables. De ahí que se buscasen otros métodos más eficaces. Y la solución se encontró en el encadenamiento psicológico y la autorepresión. Las distintas filosofías sociales y religiones estatales, las “éticas” y “moralidades” que propagaban, cumplían ese cometido. Fueron elaboradas o “deconstruidas” con ese objetivo. Conformaban ese “opio del Pueblo” que señalaba Marx. Los opiáceos se caracterizan por producir estados de ensoñación y paralización. Es esa combinación de miedo, alejamiento de la realidad e inhibición, lo que permite un control poblacional completo e indefinido. Esa es la base del “orden social establecido”. La síntesis de nuestra “cultura”, de nuestra “civilización”.

Al igual que anteriores sociedades, la burguesa posee su propia “religión” de Estado. Pero, más allá de sus grandes dogmas de fe, como la “libertad individual”, la “democracia representativa”, el “libre mercado” o el “progreso tecnológico”, posee un entramado filosófico que realiza la función de control y autocontrol colectivo. Dado el control capitalista, las bases “intelectuales” de nuestra “modernidad”, su ética conceptual común, estarán predeterminadas, encauzadas y delimitadas por esa mentalidad burguesa genérica y por el “espíritu” de su élite dominante. Sus “valores” lo impregnarán todo. Constituirán la medida del bien y del mal. Y sus opositores no somos entes aislados. Estamos inmersos en dicha realidad. Esa es la razón por la que los teóricos antisistema, no se han limitado a los aspectos estructurales, políticos o económicos, de los engranajes de Poder.

La relación entre pensamientos, sentimientos e incluso percepciones, con el condicionamiento provocado por la burguesía y, a su vez, derivado, de su propia idiosincrasia caracterológica, fue indicada por Marx y Engels. Era el concepto de alienación. Tras ellos, todos los teóricos socialistas han coincido en la necesidad del “hombre nuevo”. Otra tipología de ser humano señalado  como consecuencia y meta de la sociedad futura. A un tiempo, afirmaban que el propio revolucionario, para posibilitar su papel de vanguardia, debía transformarse en ese mismo “hombre nuevo” preconizado. Dar ejemplo y ser ejemplo. El socialismo era concebido como una globalidad. Una nueva forma de vida. Mucho más que una transformación de estructuras político-económicas. Incluía y conllevaba el cambio de las propias relaciones sociales, de la actuación del individuo consigo y su interrelación con los demás y su entorno. Una Transformación del sentido mismo de sus vidas.

Tampoco Blas Infante era ajeno a estos planteamientos. En sus obras se trasluce su visión del andaluz como un ser esclavizado no solo socialmente (ocupación) o económicamente (explotación), sino también por las tinieblas de la mentalidad burguesa. En el Himno Andaluz, que constituye una síntesis de su pensamiento, concretizo esa idea de “hombre nuevo” mediante el término de “hombres de luz”, con el que designaba a los andaluces libres. Europa (el Occidente capitalista) y España (la estructura estatal), representaban ese compendio de esclavitudes que mantenían maniatados a los andaluces. La “Andalucía libre” añorada y preconizada, la liberación pretendida, era global. Su “liberalismo”, era no solo nacional o socio-económico, sino vital. Por eso su nacionalismo era ante todo “humano”. Por su integralidad e internacionalismo. Esa es la interpretación, no la antisoberanista que propaga el regionalismo. Su independentismo hacía referencia a todos los aspectos de la condición humana, a la totalidad de las cadenas que atan al Pueblo Andaluz.

A modo de resumen, podemos afirmar que el Sistema, por un lado origina todo un corpus ideológico, debido a sus propias características de clase y a las necesidades de la élite a la que sirve y, por otro, lo propaga junto con toda una serie de “complementos” ético-morales que coadyuven a la perpetuación de su dominio sobre la población. Desmenuzar las distintas formas y facetas que adquiere y en los que se materializa en el ser humano actual el condicionamiento burgués, excede el propósito del artículo y las capacidades de su autor. No obstante quisiera, por su responsabilidad en la situación que atraviesa la izquierda nacionalista andaluza, hacer referencia a algunos de dichos elementos, por constituir distintas graves consecuencias de la impregnación de la mentalidad burguesa en su seno.

Los primeros y más obvios fundamentos de razonamiento vital inculcados por la burguesía son el individualismo y el sentido de propiedad. En la naturaleza, los animales “individualistas” son solo los pertenecientes a aquellas especies en que  las vidas de sus individuos transcurren en soledad, que apenas se unen el tiempo preciso para la reproducción. Por el contrario, los animales sociales, aquellos cuya existencia transcurre en común, se basamentan en el cooperativismo. Lo colectivo prima sobre lo individual. Igualmente, la propiedad individual es una derivación del sentido territorial del animal solitario. Este considera el lugar que habita de su exclusiva utilización. Por contra, los que conforman sociedades poseen un sentido utilitarista comunitario. El territorio le pertenece al grupo. No hay “propiedad privada”. Toda filosofía social que prime el individualismo en contraposición al colectivismo, supone un retroceso civilizatorio antinatural. El individualismo es la primera fase del desarrollo del ser humano. El niño vive en el mundo del “yo”. Es su superación, es la asunción del “tu” y del “nosotros”, lo que conlleva su madurez.

La primacía del individuo y de un sentido de la propiedad particularizado, tiene su reflejo en el pensamiento de la izquierdista nacionalista. Cuando uno de sus miembros antepone sus propios intereses, deseos o beneficios personales sobre los del colectivo lo está reflejando. Cada vez que un grupo antepone sus intereses, deseos o beneficios por encima de los generales, también los refleja. Socialista es el que ha superado la etapa infantil del “yo”, analizando y actuando a partir de “nosotros”. No está determinado por lo que una resolución supone de “favorable” para él sino para la organización y, ésta, a su vez, por lo que la misma conlleva para la causa que defiende. Si el “perjuicio” propio condiciona, no se actúa como un revolucionario. La mentalidad traslucida no es la de “hombres nuevos”, la de “hombres de luz”, sino la de mezquinos pequeño-burgueses. En este contexto, la anteposición de los intereses grupales sobre los genéricos, la primacía de la organización sobre los fines, es mero “individualismo” asociativo. Una organización es un medio, un instrumento para alcanzar unos objetivos, no un fin en si mismo.

El capitalismo se origina en las castas de banqueros, comerciantes y artesanos medievales, siendo la primacía para los primeros. Nuestra contemporaneidad, por tanto, más que por su “espíritu productivo” o “mercantil”, está enmarcada por el “espíritu monetario”. Por algo se llama al Sistema “capitalismo”, no “mercantilismo” ni “industrialismo”. El monetarismo posee una base acumulativa y especulativa. De ambas características proceden otras dos derivaciones psicológicas: una visión cuantitativa de la realidad y la sustitución de ésta por su apariencia. Se ha definido a la sociedad occidental como “el reino de la cantidad”. Es el “tanto tienes, tanto vales”, del alma contable del banquero, elevado a la categoría de exclusividad dilucidatoria. Lo cuantitativo prima sobre lo cualitativo y lo suplanta. Constituye la medida del bien y del mal. Por otro lado, al igual que la moneda pasó de poseer un valor objetivo a ser un “símbolo” de dicho valor, el “espíritu monetario” conlleva la sustitución de la realidad por su representación, de los fondos por las formas.

Muchos que se reclaman de la izquierda nacionalista no escapan al influjo de este “espíritu”. Cuando analizan y juzgan desde posicionamientos cuantitativos lo traslucen. Una de las frases más célebres del Mayo francés, fue aquella de: “come mierda, diez mil millones de moscas no pueden equivocarse”. La critica caricaturesca a la mentalidad burguesa cuantitativa que conlleva, supone una magnifica síntesis de la contraposición del pensamiento socialista al del Sistema. El burgués analiza según cantidades, el revolucionario según cualidades. Desde una óptica transformadora, no se posee más razón o se está en el camino más correcto por tener más (partidarios, militantes, votos, cargos, etc.), sino por ser más. Si la regla es la cantidad, la socialdemocracia y el españolismo  poseen la verdad. Ellos son los “representativos”. Pero para un revolucionario la medida es el ser, la cualidad, el grado de consonancia, la concordancia entre ideas, palabras y actos.

En cuanto al formalismo, se deriva de la importancia que se otorga a la imagen. Se es lo que se representa. El uniforme, de símbolo de una realidad, pasa a conformar la realidad misma. La calle está repleta de gente  “uniformada” según la imagen que de ellos mismos pretenden transmitir. Y creen ser lo que transmiten porque, para la mentalidad burguesa, se es lo que se representa. Para un revolucionario se representa lo que se es. Lo “transformador” es el contenido no el envoltorio. No es la imagen sino los actos los que determinan y dictaminan, lo que juzga a los hechos o a las personas. Algo o alguien es o no revolucionario en conformidad con lo que supone o realiza. Nuevamente, es el ser y no el tener el baremo dilucidatorio. Se es revolucionario por “revolucionar”, no por la bandera en la que nos envolvamos o el discurso que mantengamos. Las acciones son las revolucionarias. Y se es revolucionario en tanto y en cuanto se protagonizan actuaciones revolucionarias.

La mentalidad burguesa nos mantiene ofuscados y paralizados. Perseguimos fantasmas y nosotros mismos no somos más que sombras. La incoherencia es nuestro signo. Y ello porque solo vemos y deducimos según lo que el Sistema nos ha inculcado. Nunca cambiaremos la realidad si antes no somos capaces de cambiar nuestra propia realidad. Nada transformaremos si no somos capaces de transformarnos a nosotros mismos. Mientras seamos marionetas ciegas al antojo de las pasiones y perspectivas burguesas, solo seremos sucedáneos. Nuestro enemigo somos nosotros mismos. Y lo contradictorio, es que somos instrumentos inconscientes de aquello a lo que pretendemos combatir y contra aquellos por quienes manifestamos luchar.

                                                                                                    
                    

  Francisco Campos López