Por un proyecto de liberación nacional y popular, ni IU ni CA

 


Dice la conocida frase que el pueblo que olvida su historia esta condenado a repetirla. Evidentemente no hay reiteraciones miméticas en el devenir social. Los hechos son hijos de las circunstancias y estas conforman variables tan numerosas que difícilmente se entrelazarán de idéntica manera en más de una ocasión. Lo que si es indudable es que pueden asemejarse. “Repetirse” en lo esencial hasta parecer iguales. En dicho caso; no ya si desconocemos el pasado, más bien si no lo hemos asimilado o comprendido, si no hemos extraído de el las lecciones oportunas, si que estamos abocados a cometer los mismos errores una y otra vez, a no superar las etapas ni avanzar en los procesos. Y eso vivenciamos en la actualidad. Nos presentan como nuevas las mismas viejas recetas que nos han conducido al punto en el que nos encontramos. Ni el proyecto de IU ni el de CA son innovadores. Tienen más de veinte años de desarrollo. Nacieron desde concepciones estratégicas diferenciadas pero igualmente erróneas. Los que confluyeron en IU, partían de la necesidad de priorizar “lo social” y, los que lo hicieron en la CA de entonces, el PA, “lo andaluz”. Además de en la unidimensionalidad analítica, coincidían en la primacía del hoy sobre el mañana. De la inmediatez sobre la construcción de futuro. Pero, para comprender mejor lo que representaron y valorar lo que hoy pueden significar, habrá que ser una vez más “radical”; retrotraerse a la raíz de la problemática.

España, por más que la mitología historicista oficial nos venda lo contrario, es una construcción política muy reciente. Surgió en el XIX, como consecuencia del pacto entre el sector de la aristocracia borbónico-castellana agrupada en torno a Isabel II y la gran burguesía vasco-catalana. Era un acuerdo surgido tanto de la necesidad como de la complementariedad de intereses. Por separado eran incapaces de hacerse con el poder o de mantenerlo. La debilidad les obligo a compartirlo. A establecer una relación simbiótica. Sus respectivos intereses no suponían competencia, eran incluso complementarios. Ambas clases se beneficiaban de la estructuración socio-económica resultante. La aristocracia conservaba su monopolio sobre la tierra y la burguesía se aseguraba el suyo en los campos industrial y comercial. Hasta entonces España, “las españas”, había sido un termino meramente geográfico y administrativo; la denominación del conjunto de reinos y colonias, peninsulares y ultramarinas, bajo el dominio del monarca. Era sinónimo de Imperio. Pero, con la nueva alianza, pasaba a serlo de “Estado Nacional”. Nacía así una falsa España que se concretizaría tras la I República, consolidándose mediante el eficiente trabajo de “reeducación” colectiva franquista. Esa fue la razón de ser de la dictadura y de su prolongada pervivencia.

España, por tanto, es la denominación de la convergencia de los distintos intereses oligárquicos. España es el nombre que recibe la construcción económico-administrativa que los ampara y perpetua. Luego España, en si misma, sea cual sea su “forma de Estado”, es sinónimo de explotación y opresión de hombres y pueblos. Prueba de ello es que solo se ha podido imponer mediante la fuerza. Cuando la represión ha cesado o disminuido, tanto las clases populares como los distintos pueblos se han revelado. Por eso ambas repúblicas duraron tan poco y acabaron tan abruptamente. La Republica nunca fue el “problema”, lo fueron el extraordinario avance de las reivindicaciones nacionales y populares en ambos periodos, que no solo era un peligro para las clases dominantes estatales, sino europeas. La mayoría de los Estados-Nación continentales son también artificiosos. No podían permitir que prosperase el “nocivo” ejemplo de pueblos y hombres libres. No solo el movimiento social y cantonalista característico de “La Gloriosa”, durante la II República también hubo aportaciones a la confluencia de las luchas de liberación de pueblos y clases. Ejemplo fueron el EPK en Euskadi, el BOC catalán o la candidatura unitaria de andalucistas con sectores marxistas y libertarios. Y es que, por más que los regionalistas nos intenten desvirtuar a Blas Infante, la sentencia le condena no solo por “propagandista para la constitución de un partido andalucista”, sino, igualmente, por formar parte “de una candidatura de tendencia revolucionaria”.

En el caso de Andalucía, tenemos que remontarnos más atrás. Al periodo en el que los reinos germano-europeos decidieron apoderarse de las riquezas de los pueblos mediterráneos. Se iniciará un proceso de ocupación paulatina de nuestro País, que culminará con la caída del último reducto de nuestra soberanía: Granada. Esto marca el principio de nuestra “singularidad” con respecto a otros. Nosotros no pasamos a formar parte de Castilla por ningún pacto elitista. Fuimos conquistados. Todo lo que hoy somos es el resultado de un típico caso de colonización para expolio de nuestros recursos y explotación de nuestra fuerza de trabajo. Y esto constituye la segunda “peculiaridad”. La minoría opresora necesitaba la mano de obra autóctona. Las supuestas repoblaciones fueron puntuales y escasas, las “expulsiones” minoritarias. La realidad es que se transformó en “casta inferior”, a los andaluces, a los “moros”, los “cristianos nuevos”. Se les obligo a renunciar a su ser, así como a trabajar para quién le había arrebatado su propiedad: nuestros “señoritos”. A ser jornaleros de su propia tierra. Para hacerlo posible hicieron falta cientos de años de represión física y genocidio psicológico. Ahí radica nuestra tercera “particularidad”. El olvido de nosotros mismos y la identificación con el enemigo, mediante la implantación de un régimen de terror y aculturización prolongado durante siglos. Nunca fuimos “expulsados” sino anulados. Fue nuestra alma la desterrada. Los andaluces de hoy somos el “exitoso” resultado del “tratamiento”.

Durante la Dictadura, el “Régimen” por antonomasia, se hablaba de un concepto hoy olvidado: el “franquismo sociológico”. Conjunto de características sociales y psicológicas, de “valores”. Entramado de formas de ser y hacer inoculado a la población. El “franquismo sociológico” hizo posible la “España Constitucional”. Nunca entenderemos nuestra realidad si no comprendemos que este otro “régimen” es hijo del anterior. Sin el adoctrinamiento de masas franquista, no hubiese sido posible la “madurez del pueblo español”. Su conformismo y estatismo, su adocenamiento. Somos la consecuencia de cuarenta años de “reeducación”. En los treinta, la Península era un hervidero de despertar de conciencias nacionales y sociales. Dado que esa generación era “irrecuperable”, no bastaba un simple golpe de estado, había que exterminarla y amamantar otra más moldeable y sumisa, más alienada. Y tras cuarenta años de “correccional” colectivo, estuvimos preparados para una nueva restauración borbónica: La “Transición”. La “reforma” del anterior Estado y, por tanto, su continuidad. Cambio meramente formal sin afectar a lo fundamental: España y capitalismo. Y los partidos del “régimen”, sus sustentadores, fueron los artífices de la actual Constitución; los que la redactaron y aprobaron: AP-UCD (hoy PP), CiU, PSOE y PCE. Todos aceptaron las incuestionables “reglas del juego”, los límites infranqueables: la “unidad” del Estado y el “libre mercado” como basamento socio-económico. Una palabra lo resume: España.

En los ochenta nacen los dos proyectos que hoy se reclaman “alternativas”: Convocatoria por Andalucía (hoy IU-LV-CA) y el Partido Andalucista (hoy CA). Uno partía del principio de la necesidad de unidad de la “izquierda”, por encima de cualquier otra consideración, mientras que el otro pretendía aglutinar a todo el “andalucismo”, igualmente obviando cualquier otra distinción. Ambos, desde su propia concepción hasta sus apriorismos ideológicos, ni podían conllevar ni han contribuido a modificación sustancial alguna para nuestra tierra, muy al contrario, han sido elementos apreciables de consolidación de la situación. Y ello porque no se tuvieron en cuenta, al igual que actualmente, los presupuestos anteriormente reseñados. Que España no es más que el nombre con que la oligarquía bautizo a su finca peninsular. Que España y capitalismo constituyen un todo inseparable. Que Andalucía es un País ocupado en lo político, colonizado en lo económico y “lobotomizado” en lo psicológico. España, opresión, expolio y desarraigo son sinónimos. Que el franquismo fue el instrumento del que se sirvió la élite económica para consolidar el perímetro de la finca y el método de explotación de la misma. Que la “democracia” representa la continuidad del franquismo y que nuestra “autonomía” no es más que el virreinato colonial español en Andalucía.

IU se vertebró en torno a una fuerza hegemónica, el PCE. Un partido que no solo no formaba parte de la “izquierda transformadora”, sino que constituía uno de los pilares sobre los que se sustentaba el “régimen”. Su Dirección había aceptado formar parte del Sistema y limitarse a disputar al socialista el espacio reformista. El fracaso de la estrategia les obligo a modificar la táctica. IU solo representó un nuevo ropaje para arrebatar al PSOE el electorado, presentándose como socialdemocracia genuina frente al felipismo neoliberal. Y como toda socialdemocracia, nunca ha sido un instrumento de lucha popular sino de contención social. Ese fue un primer error de los “radicales”: considerar al reformismo como la parte “moderada” de la izquierda. La izquierda es, por definición, revolucionaria. No pretende “mejorar” esta sociedad, sino erradicarla. No aspira a gobernar el Estado sino a destruirlo. Propugnar lo contrario no es ser oposición al Sistema, sino apoyatura al Sistema. Con IU, el Capital nunca ha corrido riesgo alguno. Su “leal oposición” no lo ha cuestionado, se limita a criticar aspectos concretos. El segundo error fue llevar el proceso más allá de un frente común de acción o de una mera coalición electoral. La conversión en federación originó un suprapartido que no supuso “giro a la izquierda”, sino afianzamiento y mayor control interno reformista. La unión de colectivos anti y pro-sistema, conduce siempre a una subordinación de los elementos transformadores a los presupuestos y dirección socialdemócrata. Y el tercero fue su propia existencia como proyecto “estatal”. Si España es intrínsecamente explotación y opresión, izquierda y España son antónimos. No hay ni puede haber una izquierda “española”. Se dice que España es una cárcel de pueblos. No, es un campo de concentración. No solo ata pueblos, sino que vampiriza riquezas y trabajo de sus gentes.

El PA, se conformó igualmente alrededor de otra fuerza hegemónica, el PSA, posteriormente PSA-PA (Partido Socialista de Andalucía-Partido Andaluz). No eran continuación ni herederos del movimiento infantista, por más que así lo proclamasen. Ni en lo ideológico ni en lo orgánico. Era una partido regionalista nacido, tras la muerte del Dictador, de un sector de la burguesía urbana autóctona y, por ello mismo, lastrado por las contradicciones nacionales y de clase propias de sus orígenes sociales. Como movimiento populista, apelaba a la clase trabajadora pero la ignoraba. Aspiraba a gobernar al Pueblo Andaluz, no a que el Pueblo Andaluz gobernase. Y como regionalistas, no pretendían liberar nuestra tierra y sus gentes, sino disputar el control sobre ella a sectores burgueses “foráneos”. Para ellos, “poder andaluz” no era devolverle el poder a nuestro pueblo, sino que los “poderosos”, los gobernantes, fuesen andaluces. Sucesivos fracasos electorales, tanto propios como de la incipiente izquierda nacionalista, hizo propagarse un sentimiento de temor a la desaparición del andalucismo. Entre muchos caló una conclusión: la necesidad de unidad por encima de cualquier otra consideración. Andalucía necesitaba un partido propio y único, capaz de hacer frente electoralmente y con éxito a los “partidos centralistas”. Toda diferencia ideológica, mas allá del propio andalucismo, era accesoria. Y así, al llamamiento de “refundación” realizada por el “Partido Andaluz”, responden desde sectores liberales y socialdemócratas hasta marxistas, desde regionalistas españolistas hasta nacionalistas e independentistas. De dicho proceso surge el “renovado” y actual Partido Andalucista.

El primer error de los que se dejaron arrastrar por los “cantos de sirena” regionalistas, fue considerarlos como una versión “descafeinada” del andalucismo. Los regionalistas no son nacionalistas moderados, sino españolistas autonomistas. El nacionalismo “moderado”, burgués, es obra de las grandes burguesías locales. Su “patriotismo” es consecuencia de su interés en asegurarse el monopolio sobre su territorio frente a competencias ajenas. Pero Andalucía carece de gran burguesía propia. En un país colonizado. El papel dominante y expoliador lo desempeña el invasor. La pequeña y mediana burguesía nativa surge y depende de las necesidades administrativas y de servicios del conquistador. Sus intereses, por tanto, no son contrapuestos a los del ocupante. De ahí que los regionalistas se sientan “tan andaluces como españoles”. El segundo error fue, por tanto, el creer que puede haber un nacionalismo interclasista en Andalucía. Dado que los únicos realmente perjudicados por la situación son los sectores populares, el nacionalismo andaluz exclusivamente puede ser de clase. Y puesto que colonización es la conversión de todo un pueblo en clase explotada, el nacionalismo andaluz debe ser doblemente “radical”: Independentista y revolucionario. Solo la recuperación de nuestra plena soberanía y la erradicación del mal que originó nuestra esclavitud, la explotación del hombre por el hombre, puede devolvernos la libertad. El tercero fue la propia unidad orgánica. El partido único trajo como consecuencia el control interno del regionalismo y, con ello, la propagación de una versión autonomista y españolista del andalucismo. Las nacionalistas y de izquierdas quedaron silenciadas.

Transcurridos más de veinte años, aún se nos pretende convencer de que la tipología de “unidad de la izquierda” representada por PCE-IU o de “unidad del andalucismo” del PA-CA, suponen instrumentos eficaces para acabar con el “régimen”. Si algo ha demostrado todo ese tiempo, es que han constituido elementos estabilizadores del mismo. No han sido herramientas de concienciación y liberación, sino de confusionismo y adormecimiento del Pueblo Andaluz. Y es que el verdadero “régimen” es el neofranquismo de la “España Constitucional”. El otro, el de Chaves, solo es mera consecuencia. El discurso socialdemócrata y regionalista de ambas formaciones, haciéndole creer que esta sociedad es “mejorable”. Que las condiciones políticas y socioeconómicas son modificables dentro de los “causes establecidos”, de forma pasiva y “pacífica”, mediante el ejercicio del voto, ha supuesto una inestimable contribución a su desmovilización y desmotivación. Mientras no sea consciente de que sus problemas no son coyunturales sino estructurales. Que es indiferente quien le gobierne o mediante que leyes, ya que la causa de sus problemas es que se le gobierna. Que no es dueño de su destino. Que la “democracia representativa” y la “autonomía de primera”, solo son entramados creados para posibilitarlo. Mientras, en definitiva, no se le transmita un mensaje diametralmente opuesto al de ambos, no iniciará una lucha por su liberación.

Ni la izquierda ni el nacionalismo están en riesgo de desaparición por la constante perdida de “representatividad institucional” que padecen IU y PA-CA. Sus respectivas crisis, son la contradictoria consecuencia del éxito obtenido. El lógico final de un trabajo bien hecho. El PCE-IU era necesario para encauzar a los trabajadores en el reformismo y controlar a los elementos “extremistas” que lo pudiesen entorpecer. El PA era útil para reducir el andalucismo a un mero regionalismo inocuo que permitiese el mantenimiento de la Andalucía dormida y desactivase cualquier intento de nacionalismo real. Las dos metas se alcanzaron y, por ello, sus servicios dejaron de ser necesarios al Sistema. Una vez que el pueblo identificó y equiparó izquierda con reformismo y andalucismo con regionalismo, el PSOE, genuino reformismo regionalista, se convirtió en depositario natural de sus esperanzas y votos. Son IU y PA el mayor obstáculo de consolidación de una izquierda transformadora y un nacionalismo liberador. Pero sería engañarnos utilizarlos de “chivos expiatorios”. La situación actual es debida también a nuestras carencias y contradicciones. Las de quienes se identifican con una Andalucía libre y socialista. Una panorámica del soberanismo revolucionario solo puede sumirnos en la desolación y la perplejidad. Y no hablo cuantitativa sino cualitativamente. No es que seamos más o menos, que poseamos más o menos medios. Señalo a nuestra falta de asunción de protagonismo, a nuestra inconsistencia ideológica y a nuestra dispersión.

Se suele confundir ideología con teoría. Políticamente hablando, ideología no es solo poseer una filosofía, es también su aplicación a una realidad concreta, un proyecto. Para hacerlo factible se elabora una estrategia, el camino que conduce a la meta. Y las etapas que acercarán al destino son las acciones, las tácticas. Si se es soberanísta y antisistema, el proyecto será construir una Andalucía independiente y comunitaria. Para hacerla posible se necesitará una estrategia pedagógica y activista. Acciones que Hagan comprender y hacer ver al Pueblo Andaluz que sus males no son casuales sino causales, y que esa causa es la opresión nacional y la explotación social. Que mientras no se levante y luche por su liberación, nada cambiará. Esta tarea solo puede realizarla quienes están imbuidos del convencimiento. Solo un movimiento libertador puede encabezar la liberación. Pero nos limitamos a ser “teloneros”. No somos vanguardia (protagonismo), reaccionamos a las iniciativas del reformismo regionalista. Decían en el Mayo del 68: “Si quieres que las cosas se hagan como tu quieres, hazlas tu”. Si la rienda la llevan ellos, sus acciones favorecerán su proyecto no el nuestro. No harán pueblo consciente y combativo sino adormecido y pasivo. Nuestra dependencia y seguidismo muestra nuestra inconsistencia ideológica. La dispersión es igualmente palpable. Como en una mala copia de “La vida de Brian”, en lugar de unirnos contra el enemigo común, nos dedicamos a distanciarnos y dividirnos. Somos intransigentes con el hermano independentista (disidente!!!), pero comprensivos con los reformistas y regionalistas.

Si creemos que Andalucía es una nación sojuzgada y que el capitalismo es esclavitud asalariada, seamos coherentes en nuestras actividades. ¿Qué hacemos valorando procesos electorales burgueses. Se puede ver en ellos algo más que un engaño?. ¿Cuál es el sentido de gastar energías y tiempo, no en destruir los engranajes del Poder sino en modificarlos o formar parte de ellos?. ¿Realmente es creíble realizar procesos de liberación mediante mayorías parlamentarias o modificaciones legislativas?. ¿Qué hay de democracia y autonomía objetiva en Andalucía?. Basta de irracionalidad, inmadurez y parálisis. Demos un paso al frente. De nosotros depende. Solo de nosotros. A mayor grado de comprensión mayor grado de responsabilidad. Unidad, compromiso y organización, ese es el comienzo. Adelante, seamos semilla de futuro para nuestra tierra.

 

Francisco Campos López